La maravillosa historia de Fabián Robles: un villano de telenovelas que se fue Serbia para formar una familia

Ahora que Fabián Robles está de vuelta en México, visitó TVyNovelas el podcast para contar esta aventura de vida

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Fabián Robles

Captura TVyNovelas el podcast / Instagram

Estaba un día Fabián Robles en la alberca cuando su esposa decidió cambiarle la vida. Es decir, cambiarla juntos.

En un giro que parece de telenovela, la pareja decidió comenzar a cumplir sueños personales, entre ellos, tener hijos... y criarlos en Serbia.
Y sí, tras 30 años de forjar una sólida carrera como villano de telenovelas en México, Fabián Robles aceptó el reto y se mudó “al otro lado del mundo”.
Ahora que está de regreso en nuestro país (volvió para actuar en El Renacer de Luna) platica con el director de TVyNovelas, Gilberto Barrrera, esta maravillosa historia.

La entrevista quedó grabado en TVyNovelas el podcast y a continuación la reproducimos.
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Son 30 años de de trabajo, Fabián, de trayectoria.
Parecen muchos, pero de este lado fue muy rápido. Empecé también muy joven. La primera novela fue a los 19 años, “El vuelo de la águila”, histórica. Y así como que me aventaron al ruedo muy imprudentemente. Pero gracias a eso, gracias a gran experiencia fue una producción impresionante.
Entonces, yo creo que me dejó marcado el alto nivel de producción, alto nivel de de profesionalismo. Todos los actores eran, aunque fueran papeles pequeños, eran grandes estrellas, grandes actores con grandes carreras y yo ahí con 19 años empezando mi carrera, no sabía que estaba yo teniendo una gran suerte.
Entonces agradezco mucho a Ernesto Alonso y obviamente a todos los actores que me tuvieron mucha paciencia.

De ahí a la fecha, pues siempre con una consistencia y con una carrera muy cuidada con el tipo de personajes, tu personalidad. Debe ser un poco complicado en esa época, creo que más que ahora, cuidar ese perfil que siempre respetaste
Sí, ha sido complicado porque siempre estoy como como en medio. Primero me veía como muy chavito cuando las novelas eran de grandes, después las novelas ya eran de jóvenes y yo ya no estaba tan joven y después, como no estoy tan guapo para ser galán, tampoco tan feo como para ser el súper villano, siempre he estado como en medio.
Esto es lo que me pasaba ahora que estaba del otro lado del mundo cuidando bebés en mi nueva vida. Estaba buscando trabajo allá y me decían: “Pero es que de mexicano no quedas”. O sea, pareces, no sé, hindú, árabe, turco, pero de mexicano no la das. Y entonces acá veo que también como que de mexicano no la doy allá tampoco, entonces tengo cara como de algún lado, entonces he tenido que buscar pues papeles un poco raros, extraños, difíciles.
Posiblemente ha sido la coincidencia de tener estos papeles que afortunadamente han dejado mucha historia en las telenovelas.

Te tocó también una transición muy particular del viejo esquema del melodrama. Que después, al final, terminó siendo lo mismo con una plataforma diferente, y hoy el tema de la comunicación en celulares. ¿Cómo lo ves? ¿Crees que hay una evolución o es exactamente lo mismo con lo que conviviste hace algunos años?
Claro. Bueno, me tocaron dos transformaciones: una, justamente a los pocos años de empezar a trabajar, que era otro tipo de historias completamente, pero con el mismo formato. Y ahora en este nuevo formato... no creo que hayan cambiado mucho, los contenidos siguen siendo un poco los mismos. A mí me gustaba mucho la radio, poner la música y escuchar a los locutores, y ahora están los podcasts; estamos en un programa de radio pero en video también.
Se sigue escuchando el podcast como si fuera... Creo que le han cambiado el nombre a las cosas.
Antes decían que la televisión estaba muerta; yo creo que está más viva que nunca. Antes teníamos en nuestra época una tele en la casa; estábamos todos sentados viendo un programa en una sola pantalla.
Ahora cada quien tiene su televisión en la mano —le llaman celular—, pero al final de cuentas es una pantalla y cada quien ve su contenido en el momento que quiera. Por eso ahora hay más contenido, porque hay más televisiones: antes había una por familia, ahora a veces hay uno o dos teléfonos por persona.
Creo que por ese lado ha sido lo mismo, pero le han cambiado el nombre. Ahora ya le llaman farmear aura a lo que es bailar; a final de cuentas es tirar unos pasos conocidos o reconocidos de alguna película o de algún grupo musical. Le cambiaron el nombre, pero al final de cuentas es bailar.

¿Cuáles son las satisfacciones que te ha dejado tu oficio?
Las satisfacciones que me ha dejado mi oficio son fuera del oficio. Me encanta tener ese poder que te da el ser una figura reconocida: vas por la calle, puedes sonreírle a la gente y la gente te sonríe. Normalmente uno no puede ir sonriéndole a todo el mundo porque como que saca de onda, pero yo puedo sonreír y sonríen conmigo. Me siento a comer con alguien y la gente se siente halagada y entretenida; al final de cuentas vivimos del entretenimiento.
Ser una figura reconocida te abre las puertas de cualquier lugar y te reciben bien, incluso sin conocerte. Hay gente que no me conoce de nada y me dice: “Yo te conozco, ahora tenemos el placer de conocernos”. Te va abriendo las puertas y haciendo el 90% de la chamba; ya nada más llegas tú y hay que caer bien. Eso me gusta.

¿Para qué te ha servido la fama?
No conozco mucho la fama como tal. La fama conlleva mucha responsabilidad y es muy pesada a veces; yo veo a mis compañeros verdaderamente famosos. Afortunada o desafortunadamente, yo no he llegado a ese nivel de fama que cause conflicto; creo que he llegado al nivel de un buen reconocimiento: reconocen mi carrera, mi manera de trabajar y les caigo bien a pesar de hacer de villano. Al final de cuentas es el ser aceptado; todos queremos en la vida ser queridos y aceptados, y eso me ha ayudado mucho.

¿Cómo se consigue el equilibrio entre la vida personal y la profesional después de tanto tiempo?
Lamentablemente es una carrera muy absorbente, y por eso normalmente se buscan parejas que sean actores o vengan de familias de actores, porque la cotidianidad es completamente diferente. No hay compromisos fijos; uno trabaja en las fechas en las que todos vacacionan.
Cuando tienes trabajo no hay tiempo para nada, y cuando no tienes trabajo hay tiempo para todo, pero la gente no está disponible en el tiempo que tú tienes.
Uno tiene que adaptar su tiempo a su carrera. La gente, tus amigos, tu círculo cercano y tu familia se tienen que acostumbrar a que así está la situación.
Hay veces que vas a grabar en la mañana y de ahí tienes teatro, así que prácticamente no hay nada de tiempo, especialmente los fines de semana. Y de pronto se termina el proyecto y tienes todo el tiempo del mundo, pero los demás ya no están a tu disposición.
Eso puede crear un poco de egocentrismo y egolatría, creyendo que todo gira alrededor de cuando tú digas. Por eso hay que tener los pies bien sobre la tierra.

Hoy hay una tendencia muy particular en cuanto a la selección de artistas por la corriente de los influencers. Es decir, ahora cada quien tiene su propio rating. ¿Crees que es justo que los actores pasen por este proceso donde, tengan o no talento, los seguidores definan quién ocupa un escaparate?
La justicia está fuera de tema en esta carrera; este oficio es injusto. Un buen médico tiene trabajo y un mal médico genera mala reputación, pero aquí no importa eso: aquí lo que cuenta es el carisma, y el carisma está por encima del talento en el organigrama de la admiración.
Hay gente con mucho talento pero sin carisma o con un carácter difícil. En el negocio del entretenimiento trabajamos muchísima gente en equipo, y a veces hay quienes no saben trabajar en equipo. La justicia no existe aquí, hay que adaptarse.
Pasó en el cine mudo con la llegada del audio: Rodolfo Valentino tenía una voz terrible y, tras hacer una película, nunca volvió a trabajar. Lo mismo ocurrió cuando nació la televisión y muchos actores de teatro no pudieron migrar.
Ahora vienen estas nuevas tecnologías con los influencers —que a veces está rara esa palabra, porque son entretenedores, deberían llamarse locutores, ya que alguien que se para frente a un micrófono es un locutor, aunque no influencien nada—. Pero bueno, le cambiamos el nombre a todo.

Entre tantos proyectos que tienes, ¿hay alguno que guardes con mucho cariño y respeto, como tu hijo consentido?
Obviamente “El vuelo del águila”, por la importancia de empezar en un gran proyecto. Fue muy complicado para mí como persona, porque venía de una postadolescencia difícil y tuve que convertirme en un profesional en esta industria. Le tengo muchísimo cariño porque fue mi primera gran oportunidad.

Después de ahí saltamos a “La iguana”. Socialmente fue un personaje muy importante porque antes todo el rollo del cholo o el méxico-americano era mal visto, casi como un delincuente tatuado, cuando en realidad reflejaba la vida de 40 millones de mexicanos que migraron y se quedaron en medio, sin ser ni de allá ni de acá.
En mi carrera, después de El vuelo del águila y La iguana vino la época de los villanos. Yo no hacía villanos hasta el 2002, y descubrí que me sentaban muy bien. Mi mamá me preguntaba: “En este nuevo proyecto, ¿vas de villano o ahora sí vas a trabajar?”. Siempre me decían: "¿Estás enojado?”, y yo respondía: “No, es que mi cara relajada tiene una expresión fuerte, mirada pesada —herencia de mi madre— y voz profunda —herencia de mi padre—".
Ahorita estoy haciendo un personaje completamente diferente: empieza muy malo y termina siendo muy bueno, transformado por medio del amor. Es un personaje muy complicado, no es lineal ni plano, y tiene muchos matices. A veces no sabes si es un mentiroso, un charlatán o si de verdad tiene poderes; estéticamente siempre viste de negro. Cuando me dicen que les recuerda al personaje de Ernesto Alonso o a De Martino, me hacen volar. Esos pequeños detalles hacen que disfrute mucho esta carrera.

¿Cómo llega este personaje a ti?
Estaba del otro lado del mundo cuidando a mis primeros bebés, alejado de la carrera tras casi 35 años sin parar desde los 16 o 17 años. Abrí la puerta de mi casa y me encontré con el amor a primera vista y dos hijos; de pronto ya tenía una familia. Nos fuimos a Serbia un ratito para que mi familia conociera a los bebés, me enamoré del lugar y estuve dos años alejado.
Entonces me habla Roy y me dice: “Vente para acá, el lunes te quiero aquí sentado y te voy a enseñar el personaje”. Agarré las maletas, llegué a México y cuando me lo enseñó me quedé en shock porque sentí que ese personaje tenía que ser para mí.

¿Cómo se vence el miedo a dar un paso así de radical?
No lo sé. Me he mudado de casa unas 14 o 16 veces. Mi papá era cantante y actor, y nuestra vida era un poco errante: León, Guanajuato, luego a Ciudad de México, teatro musical, telenovelas y mudanza tras mudanza.
Como actor tienes que ser muy flexible: hoy duermes en Atlisco en una cama nueva y mañana a las 6 de la mañana estás citado a grabar en un panteón. Tienes que adaptarte a todo.

¿Y el idioma en Serbia?
No he tenido problema porque no me gusta hablar mucho con la gente, ni en español ni en serbio; a todos les doy el avión y les digo que sí.
El oído hispano está acostumbrado a ser muy flexible porque tenemos miles de millones de variantes del idioma con argentinos, cubanos y venezolanos. Allá en Serbia son muy estrictos con la pronunciación y tienen cuatro formas distintas de decir la “ch”, lo cual es divertido, pero yo estoy concentrado en mis bebés.
Tener la suerte de estar con mis hijos en sus primeros dos años de vida, cambiarles los pañales y levantarme a darles su mamila es una gran oportunidad que no todos pueden tener. Es una vida completamente diferente después de los flashes y las cámaras, perfecta para poner los pies en la tierra. A eso venimos: a alimentarnos y a reproducirnos, si no nos morimos como humanidad.

¿Podría ser este el mejor momento de tu vida?
El mejor momento es el día a día, poder levantarse, respirar, caminar, abrir el refrigerador y tener salud. No quitaría ningún día de mi vida, porque si quito alguno, este presente no se habría modificado. Estoy en una época muy disfrutable y entretenida.

¿Cuál es el mejor consejo que te dio tu padre y que ahora pones en práctica?
No tomarme en serio nada. Él era muy libre con un gran compromiso hacia la carrera. Antes se disfrutaba mucho trabajar; hoy en día, si estás sonriente o feliz en el set, parece indisciplina o falta de concentración. Yo sigo siendo de la escuela antigua: vas a disfrutar porque el artista hace esto por gusto, al grado de que lo haríamos hasta gratis.
Lamentablemente, en el pasado dilapidamos mucho el dinero y no ahorramos. Las nuevas generaciones son mucho más inteligentes en ese sentido; saben que están aquí por negocio, algo que a nosotros nos faltó ver así.

¿Cómo le dijiste a tu papá que ibas a ser papá a los 50 años?
Le dije: “Ya ves, por andar de hablador”. Eran los primeros nietos de la familia, así que había que rescatar el apellido. Llegó en el momento justo, aunque un poco tarde, pero es la mejor experiencia de vida que uno puede tener.

¿Te dio miedo pensar en cuántos años tendrías tú cuando ellos crecieran?
Nunca le había tenido miedo a la muerte hasta ahorita. Antes daba igual, pero ahora que sabes a quién dejas, te importa el dinero, la salud y la supervivencia. Me entran muchos recuerdos de cuando yo era niño y de valorar lo que hacían mis padres. Tener hijos te cambia totalmente la cotidianidad, los pensamientos y los sentimientos.

¿Qué has dejado de hacer o qué extrañas con este ritmo?
Afortunadamente no extraño nada. Después de 35 años sin parar —con momentos de fama cómoda, fama incómoda, excesos, fiestas y disfrutes— ya viví de todo. Llegó en el momento justo donde tengo el tiempo y las ganas de estar con mis hijos. Si los tienes muy joven, solo quieres mandarlos a la guardería; yo no, yo todavía los quiero conmigo todo el tiempo. Tienen dos años y medio.

Si tuvieras enfrente al Fabián de 19 años, ¿qué le dirías?
Que ahorre, que no gaste, que invierta y que piense en su carrera como en un negocio. Que cuide más sus proyectos y tenga más confianza en sí mismo para tomar decisiones.

Esta última decisión de ser padre y cambiarte de país, ¿cómo llegó?
Estaba en Mérida, en la alberca, relajado, y de pronto llegó mi esposa y me dijo: “A mí ya se me está pasando el tren y a ti ya te superpasó, así que es momento”. Ella tomó la iniciativa y hizo todo; yo solo puse una pequeña parte y le estoy completamente agradecido. Si no lo hubiera tomado, estaría igual, pero durmiendo más y sin saber qué película ver. Ahora ya no decido nada: ellos deciden qué vamos a ver, qué vamos a comer y a qué hora nos vamos a dormir.

¿Qué le dices a esta gente que está cumpliendo ya, que está entrando en la quinta década y tiene esta encrucijada de “me vuelvo papá, no me vuelvo”, “me vuelvo señor, no me vuelvo”, “soy chavorruco”?
Lo importante es: ¿qué quieres hacer de tu vida? ¿Qué quieres? Porque muchas veces dices algo, haces otra cosa y sientes algo diferente. Como diría Boco, no hay kundalini: hay que pensar, hacer y decir lo mismo. Entonces, primero que se alineen sobre qué es lo que quieren y si eso coincide con lo que ya están haciendo.
Y si ya lo están haciendo, hay que preguntarse: "¿Es esto lo que me gustaría hacer?”. Porque a veces uno lo quiere, pero por la presión social o familiar —y en el caso de las mujeres, la situación biológica— se complica.
Tener hijos implica un sacrificio completo; bueno, no es un sacrificio como tal, pero sí hay que olvidarse de todo y cambiarlo todo. Digo, también puedes tener hijos y que no te importe mucho, dejándolos que crezcan como nosotros, los mexicanos —así nos aventaron y ahí nos dejaron, y un poco así vive el mexicano, pensando que no les va a pasar nada—.

Alejandro Flores es egresado de la UNAM y periodista de espectáculos desde 2001. Es telenovelero desde niño pero también es aficionado al teatro, la música y el cine. Fue reportero en medios impresos durante 15 años y desde 2020 se dedica a la creación de contenido en medios digitales
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