Freddy Ortega habla del éxito, familia, humor y su inspirador libro en TVyNovelas El Pódcast

Artífice de Los Mascabrothers, el actor se confiesa en TVyNovelas El Pódcast.

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Freddy Ortega

Octavio Lazcano

Freddy Ortega es un actor formado en la cultura del esfuerzo. Cree en la paciencia, en el trabajo constante y en vivir el presente sin cargar con el pasado ni obsesionarse con el futuro. Durante la conversación con el periodista Gilberto Barrera para TVyNovelas el pódcast, el comediante reflexiona sobre el éxito, la familia, el humor y las lecciones que le ha dejado la vida, la cuales plasmó en su primer libro.

Has construido una carrera de muchos años con dedicación, esfuerzo y paciencia… ¿de dónde sale tanta paciencia?
Creo que desde el principio entendí que esta carrera no es una constante. No es una línea recta. Se logra con esfuerzo, trabajo, y aun así hay pausas, momentos en los que las cosas no pasan tan rápido como uno quisiera. Por eso siempre le digo a mi hija que esto es 80 por ciento de paciencia. Claro que tienes que trabajar muchísimo, pero también tienes que aprender a esperar.

¿Qué sabor tiene el éxito?
Para mí, el éxito es poder hacer lo que amo y vivir de ello. Es levantarme todos los días sabiendo que puedo seguir creando, que tengo proyectos e ideas. Pero también que mi familia está bien, que hay salud, que seguimos juntos. Eso, para mí, ya es éxito.

¿Cómo se llega a esa reflexión?
Manteniéndote ocupado y entendiendo que todo es cíclico. Nada dura para siempre: ni los momentos difíciles ni los grandes momentos. Entonces, mientras disfrutas lo que estás haciendo, también tienes que ir pensando en lo que viene. Yo procuro tener siempre varios proyectos por delante.

Debe ser difícil porque requiere disciplina...
Tiene mucho que ver con la constancia. Soy una persona que, cuando empieza un proyecto, trata de no soltarlo hasta terminarlo. A veces toma tiempo, a veces las cosas cambian, pero la idea es seguir avanzando.

¿Cómo lidias con la frustración?
Aprendí algo muy simple: a veces ganas y a veces aprendes. Cuando algo no sale como esperabas, en lugar de verlo como derrota, lo ves como una oportunidad para entender qué hiciste mal o qué podrías hacer diferente. La frustración pasa por mí, claro, pero trato de que pase rápido. Siempre digo: no pasa nada, se soluciona.

¿Qué tuvo que pasar para que lo aprendieras?
Creo que desde niño desarrollé esa forma de ver la vida. Cuando algo no salía como quería, buscaba otra manera de pasarla bien. Aprendí a encontrarle el lado positivo a las cosas. Y eso, con el tiempo, se vuelve una forma de vivir.

Comentas en el libro lo de las camisas de tu papá...
Sí, las famosas camisas de bolitas. En mi casa terminaron siendo casi un símbolo. Mis padres estaban separados y yo veía a mi mamá cada dos semanas. Mi papá era quien me llevaba a verla. Entonces yo estaba pendiente de todo: de la hora en que salía, de cómo iba vestido, de cómo se veía ese día. Porque había una señal que nunca fallaba: si salía con sus camisas de bolitas, yo sabía que ese fin de semana probablemente no iba a ver a mi mamá.

¿Se iba de fiesta?
Exactamente. Esas camisas estaban asociadas a las salidas, a la fiesta. Cuando lo veía salir así, ya sabía que era muy probable que regresara tarde o que simplemente no se diera el viaje para llevarme. Para un niño eso es fuerte, claro, porque esperas ese momento durante días. Pero con el tiempo aprendí a mirarlo desde otro lugar. Hoy lo recuerdo con humor, incluso con cierta ternura, porque al final son historias que terminan formando quién eres.

Freddy Ortega | Foto: Getty Images

Ahora que ya tienes terminado el libro, ¿qué tanto ha cambiado aquel que escribía para concursos de belleza?
Lo que cambia es la manera de contar las cosas. Con los años escribes con más calma, con más experiencia, con menos necesidad de demostrar nada. Simplemente cuentas lo que viviste.

Es un gran servicio al cliente, pero también habla de tu transparencia...
Sí, aunque a veces eso cuesta. Creo que hay una diferencia entre la mentira y lo que yo llamo “la insinceridad inteligente”.

¿Para qué sirve ser Freddy Ortega?
Mi nombre artístico nació casi por accidente, pero con el tiempo entendí que uno también construye su identidad con el trabajo. El personaje se va formando con lo que haces.

¿Y Freddy actúa también en la vida real?
No. Freddy es el que trabaja, el que se sube al escenario, el que escribe. En mi vida personal soy José Miguel.

¿La fama llegó muy joven?
No tanto. Creo que llegó en el momento correcto, cuando empezaron a aparecer nuestros personajes en televisión y la gente comenzó a identificarlos.

¿Y el ego cómo se controla?
El ego no tiene que desaparecer. Lo que hay que hacer es aprender a domarlo. Puede servir para exigirte más, para empujarte a mejorar, pero nunca para sentirte por encima de los demás.

¿A qué le temes?
A convertirme en una carga para mi familia. Ese es uno de mis grandes temores.

El nacimiento de tu hija es uno de los momentos más felices de tu vida. ¿Eres buen papá?
Creo que sí. Siempre traté de apoyarla, pero sin sobreprotegerla. Los hijos también necesitan aprender a resolver por sí mismos.

¿Cuánto le llevas a tu mujer?
Tengo 61 y ella 32. Pero nos llevamos increíble porque compartimos algo muy importante: el sentido del humor. Nos conocimos en redes sociales. Empezamos a hablar y nos dimos cuenta de que coincidíamos mucho en nuestra forma de ver la vida.

¿Eres feliz?
Muy feliz. Más que buscar la felicidad, he buscado la paz.

¿Y qué opinas de los fenómenos de redes?
Los respeto porque al final cada generación encuentra sus propias plataformas para expresarse. Hoy las redes sociales permiten que muchas personas tengan un escaparate inmediato para su trabajo, su humor o sus ideas. Pero también creo que la permanencia depende del oficio. Una cosa es tener visibilidad rápida y otra muy distinta es sostener una carrera durante años.

¿Hay temas que no tocas en tu comedia?
Sí, hay ciertos límites que para mí son muy claros. La comedia puede ser irreverente, puede ser incómoda, incluso puede provocar, pero hay temas que prefiero no tocar. El sufrimiento de los niños, por ejemplo, es algo con lo que no me siento cómodo haciendo humor.

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