En la televisión mexicana, donde los formatos musicales suelen apostar por el talento emergente o la nostalgia, Juego de voces encontró una fórmula distinta: reunir generaciones, provocar encuentros emocionales y empujar a artistas consolidados a salir de su zona de confort.
En ese escenario, dos figuras emblemáticas del pop en español han decidido ponerse a prueba... juntas, pero también desde sus propias diferencias. Transmitido por las estrellas y conducido por Angélica Vale, el reality, que debutó en 2024, propone una competencia musical donde cantantes se enfrentan en dinámicas que combinan interpretación, convivencia y resistencia emocional.
Cada emisión plantea retos que van desde duetos inesperados hasta interpretaciones fuera del estilo habitual de los participantes, lo que obliga incluso a los más experimentados a replantear su manera de enfrentarse al escenario. En su tercera temporada, el formato ha apostado por una dinámica familiar: hermanos que comparten historia, pero también contrastes. Ahí es donde la participación de estas dos integrantes de Pandora adquiere un matiz especial, pues no solo representan una trayectoria consolidada, sino un vínculo que ha evolucionado con los años.
Para Mayte Lascuráin, esta experiencia ha significado un giro importante en su carrera. Después de cuatro décadas dentro de un grupo que se convirtió en referente del pop en español, aventurarse en un proyecto individual dentro de la televisión no fue una decisión sencilla.
“Para mí sí ha sido todo un reto, es la primera vez que me salgo de mi zona de confort, después de 40 años con Pandora nunca había hecho algo fuera del grupo, sin embargo, me llamaron y lo pensé bien. Sentí que era importante arriesgarme, asumir retos y enfrentarnos a cosas que no nos resulten fáciles o conocidas, que controlemos”.
La cantante reconoce que no se trató sólo de aceptar una invitación, sino de atravesar un proceso personal. “Entonces tuve mucha preparación emocional, me tocó tomarme las cosas con calma y entender que la vida va dando vueltas, que no siempre todo va a continuar igual”.
En un formato que expone tanto lo artístico como lo emocional, esa preparación resulta clave. Aquí no hay zona segura: cada reto implica adaptarse, ceder control y enfrentarse a lo inesperado. A diferencia de su hermana, Isabel llega con una ventaja: ya había participado en la primera temporada del programa. Esa experiencia previa le permite entender la dinámica, el ritmo y las exigencias del reality.
“Yo sí conocía el formato, soy la única que repite, estuve en la primera temporada y a diferencia de mi hermana, siempre he sido una mujer con alternativas más allá de Pandora, he hecho programas, tengo el YouTube, entonces no me cuesta trabajo explorar otros campos. A Mayte le costó hasta tomar la decisión de sumarse al programa”.
Su trayectoria paralela en medios le ha dado herramientas para moverse con soltura en distintos formatos, algo que en este tipo de programas puede marcar la diferencia.
Mientras una se enfrenta al vértigo de lo desconocido, la otra se apoya en la experiencia. La relación entre ambas no siempre fue tan cercana como hoy. Como ocurre en muchas familias, el vínculo se fue construyendo con el tiempo.
“De niña yo siempre admiré a Isabel porque era mi hermana mayor, la que cantaba, me caía muy bien porque era súper simpática, pero no éramos tan afines. De hecho, dormíamos en cuartos separados. Yo dormía como mi hermana Gaby y ella con mi hermana Mimí. Pero cuando nos cambiaron de habitación nos empezamos a llevar mejor, hasta el día de hoy”, recordó Mayte.
Hoy, esa distancia quedó atrás. Isabel lo describe con claridad: “Tenemos una relación casi simbiótica, hablamos diario por teléfono, tenemos muchos amigos en común, entonces vamos siempre a las mismas reuniones… somos muy cercanas”.
La conexión también se extiende al resto de su familia, con dinámicas que mantienen vivo el vínculo pese a la distancia: “Con mis otras hermanas también… hacemos video-llamadas, es una forma de estar juntas porque una de ellas vive en Mérida”.
Si algo define su participación en Juego de voces es la admiración mutua. Lejos de rivalidades, lo que se percibe es un reconocimiento profundo. Mayte lo expresa con emoción: “Nunca terminaría de decirte lo que yo admiro de Isabel, porque es una persona con una gran capacidad de levantarse ante los dolores… es sumamente simpática, se acopla muy fácil… admiro su resiliencia, porque viva lo que viva, siempre tendrá una sonrisa en la boca”.
Isabel, por su parte, destaca la fortaleza interior de su hermana: “Yo admiro de Mayte esa fuerza que tiene… trabaja mucho en ella… es muy clara y eso me gusta mucho. Cuando dice no es no. Es una mujer de mucho amor, de mucha entrega… no siempre está en los momentos de fiesta, pero en los momentos más duros ahí estará siempre”.
En un entorno competitivo, ese tipo de relación se convierte en una ventaja emocional. Más que competir entre ellas, se sostienen.
Juego de voces no sólo es un escaparate musical, sino una plataforma que revela otras dimensiones de sus participantes. Para estas dos artistas, el programa ha significado la oportunidad de mostrarse fuera del contexto que las definió durante décadas.