Platicamos con Betty Monroe sobre su trabajo como actriz y su figura y nos aseguró que no se deja de las críticas
La belleza de Betty Monroe es impresionante. Es un mujerón con rumbo, empoderada, que parece no tenerle miedo a nada. Siempre ha hecho lo que ha querido y, consciente de que su trabajo es entretener, nunca se clava en problemas o habladurías de las que suele ser víctima.
En confianza nos dice que luego no entiende todo lo que dicen de ella, pero se envalentona y ríe, asegurando que lo importante es que hablen y ya está.

¿Cómo llevas esas críticas?
Bien. Cuando estaba chavita sí me afectaban, pero con el tiempo uno madura y aprende que no siempre puedes darle gusto a la gente.
Han sido particularmente exigentes contigo, ¿no?
Sí, pero no pasa nada; la vida está para vivirla, para ser feliz y dejar que todo fluya. Así como hay gente que habla, hay otra que me apoya, y yo estoy agradecida con ambos, de los dos una aprende.
Pero nunca te has descuidado...
Tanto así como dicen, no. Obviamente cuando estuve embarazada, pero era normal. De verdad, ya no me importa. Estoy en modo de que se me resbala.

¿Siempre fuiste guapa?
No sé si guapa, pero antes no me arreglaba nada y me veía muy normalita, nadie me volteaba a ver. Mi manera de vestir era supermasculina. En la adolescencia siempre fui de tenis y ropa muy holgada. Con que me sintiera cómoda y feliz, con eso bastaba.
¿Cuándo se da la transformación a guapísima?
Cuando comienzo a trabajar. La chamba requiere darle su importancia, lucir bien y presentable.
¿Ahora ya te gusta usar tacones?
Sí, por mi trabajo, pero también busco ese punto de comodidad.
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