Chucho Gallegos falleció el 7 de septiembre a causa de complicaciones derivadas de una bacteria a los 84 años de edad, fue velado en una conocida funeraria en Sullivan, en la CDMX, y sus restos fueron cremados el 8 de septiembre. Familiares y amigos lo despidieron con una misa y un minuto de aplausos.
Hablar de Chucho Gallegos es hablar de una época en la que el periodismo de espectáculos se hacía en la calle, con libreta, llamadas, recorridos interminables y una intuición que solo podía adquirirse después de muchas horas de reportear.
Mucho de lo que construyó durante más de seis décadas tuvo su origen ahí, en la talacha cotidiana. Su historia profesional comenzó en Atisbos, semanario en el que trabajó junto con Gilberto Barrera, mi padre. Todos los días, alrededor de las nueve de la mañana, llegaban a una vecindad de la calle de Bolivia, en el Centro de la Ciudad de México, y desde ahí salían a buscar información.
Recorrían disqueras, oficinas de productores, teatros, locaciones cinematográficas, estudios y cualquier lugar donde pudiera existir una historia. La jornada podía terminar después de la medianoche, muchas veces en aquel circuito alrededor del Toreo de Cuatro Caminos, rodeado entonces de centros nocturnos y personajes que alimentaban las páginas de espectáculos.
Eran también tiempos difíciles para los reporteros. La profesión apenas alcanzaba para sobrevivir. Hacían relaciones públicas, buscaban pequeñas chambas y, si después de una cobertura aparecía algún disco, libro o cortesía, podía terminar convertido en la cena. Más de una vez aquellos obsequios fueron intercambiados por tacos de cochinita.
Aprendió a preguntar, insistir, observar y, principalmente, entendió que las noticias no llegaban solas. Después vendrían El Sol de México, Tele Guía y distintas etapas de una carrera que atravesó generaciones, formatos y maneras de ejercer el periodismo. Incluso en la primera década del 2000 escribió en Reforma. Pero hubo una marca que quedó inevitablemente ligada a su nombre: TVyNovelas.
Chucho fue pieza fundamental de su crecimiento en distintas épocas. Primero durante la etapa de Grupo De Armas, junto con Gustavo González Lewis. Más adelante, de la mano de Emilio Azcárraga Milmo, participó en una nueva fase de expansión en la que también fueron determinantes Alejandro Quintero y Javier Toussaint. TVyNovelas dejó de ser solamente una revista para convertirse en una de las marcas más poderosas del entretenimiento en habla hispana. Y Chucho entendió muy pronto que aquello podía crecer mucho más allá del papel, impulsó y fundó distintos conceptos editoriales, entre ellos Furia Musical, que terminaría adquiriendo identidad propia dentro de la música mexicana.
Hasta su manera de hablar dejó huella. Chucho tenía la costumbre de llamar “chicuela” a la gente. Lo decía con ese tono afectuoso y juguetón que lo caracterizaba. De ahí nació el mote que Blanca Martínez terminó adoptando profesionalmente como “La Chicuela”.
Pero quizá una de sus creaciones más importantes fueron los Premios TVyNovelas.
Chucho los fundó y ayudó a convertirlos en una enorme pasarela para las estrellas de la televisión mexicana y en uno de los acontecimientos más importantes de la industria. Los primeros programas los realizó junto con Mario de la Piedra y posteriormente con Raúl Velasco. Y no era un ejecutivo que simplemente supervisaba, Chucho hablaba con los artistas, acordaba su participación, imaginaba los programas, los escribía y aterrizaba cada una de las ideas. Incluso concibió el diseño original del Premio TVyNovelas, que posteriormente fue definido por un artista plástico. No era solamente un editor. Era un creador.
Sabía lo que podía convertirse en una gran portada, pero también aquello que podía trascender, entendía a los artistas, conocía a las audiencias y tenía la capacidad de detectar lo que provocaría conversación mucho antes de que existieran las redes sociales.
Hizo coberturas en distintas partes del mundo y conoció como pocos a las audiencias latinas y a la comunidad hispana en Estados Unidos. También encontró en la radio otro espacio para ejercer el oficio. Pasó por la XEW, Radio Fórmula, Radio 13, donde además abrió espacios para nuevas voces y especialistas. Muchas de las personas que después ocuparon posiciones importantes dentro de los medios encontraron alguna vez en Chucho un consejo, un respaldo o una oportunidad.
Junto con Miguel Cantón, David Casco, Chucho y yo fundamos Diario Basta! Durante sus primeros años hicimos del entretenimiento uno de sus grandes pilares y demostramos que una exclusiva de espectáculos podía convertirse en la noticia principal y ocupar una primera plana completa.
Después el diario modificó su perfil editorial y tomó un rumbo principalmente político, pero aquella etapa volvió a demostrar la capacidad de Chucho para construir un producto desde cero y entender lo que buscaban los lectores. Para mí aquello tuvo además un significado especial. Trabajar con él era cerrar un círculo que había comenzado décadas atrás, cuando Chucho recorría las calles de la Ciudad de México junto con mi padre buscando noticias y tratando de sobrevivir en este oficio.
En los últimos años hubo además un par de regresos que lo emocionaron particularmente. Chucho volvió a escribir en TVyNovelas. Cuando lo invité a colaborar nuevamente, recibió la propuesta con emoción y nostalgia. Para él no significaba solamente regresar a una publicación en la que había dejado una parte importante de su vida; significaba sentirse valorado otra vez. Algo parecido ocurrió cuando, después de una ausencia, regresó a una mesa de debate en el programa Hoy.
Y detrás de toda la experiencia, de los cargos y de las historias acumuladas, seguía existiendo un hombre al que le emocionaba comprobar que todavía tenía mucho que aportar y que su voz seguía siendo escuchada.
Bonachón, simpático, amante del vino, de la buena mesa y de las sobremesas largas. Un gran consejero que, incluso cuando estaba en desacuerdo contigo, encontraba a través del humor la manera de hacer una crítica y convertirla en algo constructivo.
Le gustaba el golf, practicó tenis y disfrutó como pocos aquellas bohemias interminables en las que podían aparecer personajes como “el Gallo” Calderón o Raúl Velasco. Eran reuniones donde el trabajo, las anécdotas y la amistad terminaban mezclándose hasta perder la noción del tiempo.
También fue un padre consciente del precio que había pagado por entregarse de esa manera a su profesión. A regañadientes reconocía que había dedicado demasiado tiempo al trabajo y que eso le había quitado momentos con sus hijos.
Chucho pertenecía a una generación para la que no existían sábados, domingos, noches ni días festivos cuando había una noticia que perseguir, una portada que cerrar o un programa que sacar adelante.
Conoció la gratitud, pero también la ingratitud de algunos artistas y compañeros que durante años buscaron su respaldo y que, cuando las circunstancias cambiaron, terminaron dándole la espalda. Le dolió, aunque pocas veces lo admitiera abiertamente.
Pero también tuvo amistades que se quedaron hasta el final como Gustavo Adolfo Infante, quien siempre estuvo pendiente de él y reconoció en Chucho algo que muchas generaciones también vieron: un líder moral del periodismo de espectáculos, alguien a quien se acudía por experiencia, criterio y autoridad.
Porque en una industria donde los reflectores cambian de dirección con enorme facilidad, los años también terminan enseñándote quién estaba cerca del cargo y quién estaba cerca de la persona.
CHUCHO VIVIÓ 84 AÑOS A SU MANERA
Hizo periodismo desde abajo, creó productos, levantó marcas, produjo televisión, formó profesionales y abrió puertas. Pero quizá su legado más importante no está solamente en las revistas, los programas o los premios que ayudó a crear. Estuvo en la cantidad de personas que alguna vez aprendieron algo de él. Entendía este trabajo con una mezcla muy particular de rigor e irreverencia. Incluso decía que de una historia podían salir dos notas: la primera abría la puerta y, si había que hacer alguna precisión, la corrección del día siguiente podía convertirse en la segunda.
Así era Chucho, trabajó mucho, pero también se divirtió mucho. Llegó a este oficio para contar las historias de los demás y terminó convirtiéndose él mismo en parte de la historia del entretenimiento mexicano, profesionalmente deja un vacío enorme y en lo personal, todavía más.
Yo voy a extrañar aquella voz que podía irrumpir en una redacción, una comida o cualquier reunión para gritarme: "¡Jilguero!”, o aquella cantaleta que inevitablemente me hacía sonreír: "¡Gilito, Gilito, color de café! Si tú no me quieres, yo sé por qué.” Así era él. No necesitaba anunciar que había llegado. Bastaba escucharlo.
Se te va a extrañar, querido Chicuelo.