Había un momento en el que Juan Gabriel dejaba de ser Juan Gabriel. No ocurría cuando terminaba una canción ni cuando las luces del escenario se apagaban. Ocurría en esos breves segundos en los que el público dejaba de mirarlo y él podía sentarse, recuperar el aire, hacer una broma, lanzar una señal a sus músicos o simplemente dejar que el cuerpo descansara.
Ellos sí lo veían. Mientras miles de personas observaban al Divo de Juárez bailar, cantar y apoderarse del escenario, sus músicos estaban pendientes de otras cosas: una mirada que significaba “entra ahora”, una mano que pedía más fuerza a la percusión, un gesto de dolor en las rodillas, un sillón colocado discretamente para que pudiera descansar o aquella sonrisa con la que, una vez abajo del escenario, volvía a convertirse en el hombre divertido que ellos conocían.
Este 28 de agosto se cumplen diez años de la muerte de Alberto Aguilera Valadez, ocurrida en Santa Mónica, California, a los 66 años. Dos días antes había ofrecido en The Forum de Inglewood el que terminaría siendo su último concierto.
Para el público quedó la imagen de aquella última noche: un escenario gigantesco, miles de personas y un artista que parecía tener todavía toda la energía del mundo.
Para sus músicos quedó algo diferente: las señales que hizo durante el concierto, el cansancio que ya habían comenzado a notar y la certeza de que, pese a todo, Juan Gabriel seguía haciendo aquello que consideraba parte esencial de su vida.
Óscar Alberto Galván Miranda, Alfredo Calderón, Roberto “Beto” Campos y Guillermo Hernández Galicia conocen esa historia desde adentro. Galván ingresó a la banda en 2009 y permaneció con el cantante hasta 2016; Calderón trabajó con él entre 2008 y 2013, además de formar parte de los coros en uno de sus grandes conciertos; Campos tiene una relación todavía más larga con su música, pues asegura que comenzó a grabar con él desde finales de los años ochenta y que, posteriormente, lo acompañó en vivo desde 2007 hasta su muerte; y Hernández Galicia, quien fue su director de mariachi por 23 años.
Así, entre esos recuerdos aparecen diez secretos de aquel hombre que el público nunca alcanzó a conocer por completo.
1 EL DIVO SE QUEDABA EN EL ESCENARIO
Arriba de las tablas, Juan Gabriel era el dueño absoluto del espectáculo. Alfredo Calderón recuerda que tenía una presencia que hacía evidente quién llevaba las riendas. “En el escenario era el que mandaba”, dice. Pero bastaba con que terminara la presentación para que apareciera otra personalidad. El músico recuerda a un hombre bromista, espontáneo y cercano, capaz de hacer reír a quienes trabajaban con él.
“Era la persona más divertida que te puedas imaginar, un tipazo”, asegura. Tenía dichos, hacía chistes, preguntaba por la vida de sus músicos y también compartía con ellos cosas personales. Para Calderón, ahí estaba una de las claves de su personalidad: “Juan Gabriel jamás dejó de ser el pueblo, lo popular”.
2 DIRIGÍA CON SEÑALES QUE SÓLO SUS MÚSICOS ENTENDÍAN
No siempre necesitaba detener un ensayo o decir en voz alta lo que quería. Beto Campos, percusionista que trabajó con él durante décadas, aprendió a interpretar sus movimientos. Había momentos durante los conciertos en los que una simple señal era suficiente para modificar la ejecución de un instrumento.
“Cuando venía una canción que le gustaba mucho, en la parte de la campana de percusión, me hacía nada más así”, recuerda mientras reproduce el movimiento de la mano que Juan Gabriel utilizaba para comunicarse con él. Aquello era producto de años de convivencia musical.
3 MÁS DE 40 PERSONAS DETRÁS DE ÉL
La dimensión de sus conciertos era mucho mayor de lo que podía percibirse desde una butaca. Calderón recuerda que en algunos espectáculos llegaban a reunirse alrededor de 40 personas sobre el escenario. “Entre mariachi, orquesta, coros, a veces bailarines”, explica. No era únicamente una banda acompañando al cantante. Era una estructura completa que debía responder a la personalidad musical de Juan Gabriel.
4 DETRÁS DE LA ESPONTANEIDAD HABÍA SEMANAS DE TRABAJO
Si el público veía a Juan Gabriel improvisar, bailar o modificar la energía de una canción, sus músicos conocían todo lo que había ocurrido antes para que esa aparente naturalidad fuera posible. Alfredo Calderón recuerda horas de ensayos, preparación, montajes y construcción del repertorio.
“Fueron semanas de preparación”, explica al recordar uno de aquellos grandes conciertos. Los ensayos se realizaban fuera del recinto y después continuaban en el escenario donde se presentaría el espectáculo. Todo debía estar listo: músicos, coros, mariachi, orquesta y cada uno de los elementos que acompañaban al cantante.
Beto Campos coincide en esa exigencia. “Era muy exigente, obviamente. Todo perfección”, recuerda.
5 EN EL ÚLTIMO CONCIERTO LE DOLÍAN LAS RODILLAS
El recuerdo de Beto Campos de la última presentación es mucho más íntimo que cualquier imagen registrada desde las butacas. Durante aquel concierto en Los Ángeles, Juan Gabriel llegó a una de las esquinas del escenario. Campos estaba tocando y lo vio acercarse. Entonces el cantante se agachó. “Se agarró las rodillas y me decía que le dolían los pies”, recuerda. Después se sentó en una bocina. Campos observó cómo intentaba desplazarse hacia la siguiente esquina y notó que le costaba trabajo.
“Sí, lo vi un poco mal. Estaba como cansado, le faltaba el aire”. El músico asegura que esa fatiga no apareció de repente aquella noche. Ya la había observado desde meses antes, aunque no puede precisar exactamente cuánto tiempo llevaba así. Lo que sí recuerda con absoluta claridad es que, cuando llegaba el momento de cantar, Juan Gabriel recuperaba una energía que parecía inagotable. “Estaba cansado y sacaba toda la casta”.
6 SUS MÚSICOS COMENZARON A NOTAR EL CANSANCIO
Óscar Galván fue uno de los músicos que acompañó a Juan Gabriel durante sus últimos años. Ingresó a la banda en 2009 y permaneció con él hasta 2016. Por eso, su recuerdo de los últimos meses tiene un valor particular. “Ya se notaba indispuesto. Ya se notaba cansado”, cuenta.
Después de algunos conciertos, recuerda, tenían que apoyarlo para que pudiera salir. En ocasiones terminaba muy sofocado. Pero el cansancio nunca parecía ser suficiente para impedirle salir al escenario. “Él siempre le echaba muchas ganas, se entregaba a su público y a la gente, y con la orquesta siempre disfrutaba mucho”.
7 HABÍA SILLONES PARA QUE DESCANSARA DURANTE EL ESPECTÁCULO
Hay otro detalle de aquellas últimas presentaciones que probablemente pasó inadvertido para buena parte del público. Entre los diferentes puntos del escenario se habían colocado sillones. No eran solamente parte de la escenografía. Servían para que Juan Gabriel pudiera descansar.
Campos recuerda que cuando el cantante llegaba hasta uno de ellos podía sentarse unos momentos antes de continuar. “Cuando lo vi en el sillón que yo tenía más cerca, sí lo vi que le faltaba aire”, relata. El dato resulta revelador porque muestra hasta qué punto sus músicos conocían la realidad detrás del espectáculo. El público veía a Juan Gabriel recorrer un escenario enorme. Ellos veían también al hombre que necesitaba detenerse unos instantes para recuperar fuerzas.
8 ESPERABAN EL SIGUIENTE CONCIERTO
La muerte de Juan Gabriel ocurrió en medio de una gira que apenas comenzaba. Después de su presentación en The Forum, los músicos se adelantaron a la siguiente ciudad mientras él permaneció en Los Ángeles durante el día de descanso. El domingo tenían previsto continuar trabajando.
Los músicos estaban en el hotel, esperando indicaciones para acudir a la prueba de sonido, cuando comenzaron a circular las primeras noticias. “Estábamos en el hotel ya para salir a la prueba y de repente cancelaron todo porque ya estaban las noticias fluyendo”, recuerda Galván.
Primero se pospuso el soundcheck. Después comenzaron a llegar las noticias definitivas. Juan Gabriel había muerto. El último concierto había sido apenas dos días antes. La gira quedó inconclusa.
9 LOS RITUALES ANTES DE GRABAR
Si sobre el escenario Juan Gabriel podía parecer un artista desbordado de energía, dentro del estudio aparecía una faceta mucho más meticulosa. Guillermo Hernández Galicia, productor del disco Eterno y durante 23 años director musical, coordinador y líder del mariachi que acompañó al Divo de Juárez, pasó buena parte del tiempo junto al cantante en el estudio de grabación y descubrió a un artista que tenía sus propios rituales.
“Él se llevaba un té de jengibre con miel para que se le aclarara la garganta”, recuerda. También tenía una particularidad durante las sesiones: “No comía porque a la hora de grabar eso le molestaba, le daba cosquilleo y lo evitaba”.
10 LO QUE EXTRAÑAN NO SON SOLAMENTE LAS CANCIONES
A diez años de su muerte, volver a reunirse también significa recuperar una parte de sus propias vidas. Beto Campos habla de la nostalgia por las giras, por los compañeros y por aquellas rutinas que parecían cotidianas mientras ocurrían. “Se extrañan las giras de los compañeros”, confiesa.
“Sales a comer y el ambiente y pues eso te extraña, se extraña muchas cosas”. Ahora, cuando vuelven a tocar juntos, descubren que aquella complicidad no desapareció. El público también la percibe. “La gente dice: ‘Ah, mira, están unidos y tocan como antes, cuando el maestro’”, relata.