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Vicente Fernández: De mesero y cantar por propinas a ser el 'Rey de la Canción Ranchera'

Voz del alma de México, El Charro de Huentitán se labró un camino en la música desde la adolescencia.

Por TVyNovelas

- 12/12/2021 08:56
Vicente Fernández

Vicente Fernández (Archivo)

A los seis años de edad le picó 'el gusanito' de ser cantante; a los ocho, la inquietud se duplicó cuando le regalaron una guitarra y estudió música vernácula. Pero fue a los 15, viviendo en Tijuana, Baja California, cuando Vicente Fernández decidió que lo suyo era el canto y, como todo adolescente, se forjó sueños y anhelos que a punto estuvieron de irse por la borda.

Un día tocó a la puerta de la XEX, radiodifusora local que transmitía el programa Leche de vaquita, conducido por un locutor llamado Joaquín Diez Croche El Penicilino. Entre la variedad de la emisión había un concurso para aficionados en el que la suerte no le sonrió. “Cuando empecé a cantar, alguien me hizo reír con un chiste, ¡y me tocaron la campana! Eso fue para mí una gran frustración, me fui al suelo y me sentí deshecho. Me puse tan mal que salí de allí y me puse hasta el gorro. Fue la primera borrachera de mi vida. Pensaba en mi madre, quien me había enseñado No vuelvo a amar, Corazón de lodo y Nobleza, entre otras canciones. Y me decía a mí mismo: ‘¡Le fallé, le falle!’, y se me salían las lágrimas. Fue entonces que me metí entre ceja y ceja la meta de ser artista. Me lo juré a mí mismo y pensé que triunfaría para regalarle un palacio a mi madre y un rancho con muchas vacas a mi padre. Cuando en Tijuana lo veía cargar botes de mezcla, se me hacía un nudo en la garganta”.

Pasaron tres años y, al llegar a la mayoría de edad, se convenció de que en aquella entidad, donde se ubica la frontera más populosa del mundo, sería imposible concretar su sueño. Entonces decidió regresar a su natal Jalisco, a pesar de sus padres, quienes seguían padeciendo el rigor de su crítica situación económica. Ya instalado en La Perla de Occidente, su tío Javier Hernández, a quien cariñosamente llamaba El Chacho, lo empleó como intendente y luego como cajero de su restaurante típico Batiri Batiri, donde tocaban un trío y un mariachi. Ganaba 800 pesos mensuales.

Sin embargo, su ímpetu y necesidad de mayores ingresos lo obligaron a solicitar el cargo de mesero, cuyo atractivo no sólo radicaba en las propinas, sino también en la posibilidad de preguntar a los comensales si querían que les cantara. Su inquietud creció al percatarse de que su canto gustaba, y ya no hubo quien lo frenara. En 1960, a sugerencia de unos amigos, se presentó con éxito en un programa de televisión llamado La Calandria Musical, transmitido en Guadalajara, Jalisco. Entonces le dio las gracias a su tío, pues pensó que le pagarían mínimo mil pesos por emisión, pero su primer sueldo fue de tan sólo 35. Un año después ganó un concurso de canto y se convirtió en uno de los artistas favoritos del estado por su imponente voz y presencia. Los premios obtenidos en programas de aficionados en radio y televisión le permitieron sobrevivir y persistir en su intento de hacerse de un nombre en la música ranchera popular. Incluso se estableció en San Juan de Dios, uno de los barrios más populares de Guadalajara, donde buscaba afanosamente, corriendo tras los autos, a personas que solicitaban serenatas.

“Me le pegaba a cualquier mariachi y les decía a los clientes que, si les gustaba cómo cantaba, me dieran una propina. Así trabajé dos años y, como tenía mucha suerte y mi voz agradaba a la gente, los músicos querían que repartiera entre todos lo que me daban por cantar, aunque a veces no me daban ni un quinto”.

Poco después decidió probar suerte en la Ciudad de México, donde formó parte del Mariachi Amanecer, de Pepe Mendoza, y luego del Aguilar, de José Luis Aguilar, como en realidad se llamaba Felipe Arriaga. En 1963 comenzó a cantar en el restaurante El amanecer tapatío, de la Ciudad de México, donde Felipe Arriaga fue determinante para su despegue profesional, aunque antes Chente llegó a cantar hasta en los camiones.

Felipe Arriaga y Vicente Fernández

Cuando Vicente ya gozaba de fama, Felipe Arriaga empezó a despegar a la par del Ídolo de México, a quien acompañó en la grabación de Tu camino y el mío, uno de sus primeros éxitos. “Buscaba lugares típicos para trabajar y recibir propinas que me permitieran costear el tratamiento de mi mamá contra el cáncer. El más elegante era El amanecer tapatío, que estaba en Niño Perdido y Obrero Mundial, pero se me hizo tanto que, por pena, llegué a uno que estaba enfrente; se llamaba Bajo el cielo de Jalisco. Fui con los muchachos de un mariachi y les expliqué que iba de Guadalajara y cantaba, para ver si me daban trabajo. Me dijeron que sí, pero que debía hacer una prueba con un cliente. Llegó uno y pidió la canción Enamorada, de Agustín Lara. Canté a todo pulmón y me aceptaron, pero ellos realmente trabajaban en El amanecer tapatío, y me quedé un rato ahí”.

Ya casado con María del Refugio Abarca, trabajó durante dos años por las propinas en las mesas entonando hasta 60 canciones diarias sin micrófono. Federico Méndez Tejeda era el maestro de ceremonias en las veladas que ocasionalmente transmitía la XEX, y se convirtió en figura decisiva en el despegue artístico de Chente. “Me anunciaba Enrique El Perro Bermúdez papá a través de la XEX, cuya señal llegaba hasta Guadalajara, y mi mamá y mi vieja me escuchaban en la radio. Ahí mis ilusiones crecieron porque conocí a gente importante que entonces apoyaba a Javier Solís, la figura del momento”, recuerda el cantante, otra de cuyas virtudes era su facilidad para imitar a Pedro Infante, Jorge Negrete y Miguel Aceves Mejía.

“Al principio de mi carrera sufrí tantas humillaciones que, de hecho, hasta me rajé cuando Cuca y yo esperábamos a Vicente. Incluso me regresé a Jalisco, pues se me cerraron las puertas, con todo y que Felipe Arriaga dio la cara por mí ante doña Chuy (la encargada de El amanecer tapatío), herida porque no acepté sus propuestas indecorosas. También mi papá me pidió regresar pues, ya él de vuelta en Tijuana, tenía como 60 vacas, que compró con unos centavos que le envié antes de casarme. Empecé a trabajar con él y me decía que tomara dinero para mantener a mi mujer y comprarle ropa, pero yo quería un sueldo fijo para darle a mi madre, quien finalmente murió de cáncer”.

Por si fuera poco, don Ramón Fernández quebró nuevamente, regresó a Tijuana y Vicente se quedó a cargo de su familia y sus dos hermanas, María del Refugio y Teresa. Siempre persistente, después de muchas súplicas a su dueño, consiguió trabajo en El sarape, cabaret donde interpretaba éxitos de Pedro Infante, Javier Solís y el cantante chileno Lucho Gatica, entonces de moda. Con su sueldo de 75 pesos diarios, empezó a nivelar su economía. “Me iba a trabajar en camión y, como no tenía para el taxi, me regresaba caminando 12 kilómetros en la madrugada. Duré cuatro meses presentando tres variedades diarias. 75 pesos eran buenos pero, aun así, me las veía negras”, ha recordado en repetidas ocasiones el cantante.

En 1965 comenzó a hacer visitas a diferentes compañías discográficas para solicitar audiciones, pero siempre era rechazado. Una de ellas, incluso, fue CBS, donde el entonces ídolo Javier Solís grababa, y en la que Vicente forjaría tiempo después su fama artística.

“Una vez esperaba a Rafael Carrión, quien hacía arreglos musicales para Javier. Me había escuchado cantar y me dio una tarjeta para que fuera a verlo y hacerme una prueba. Iba con mi traje de 200 pesos comprado en Milano y, al llegar, el jefe de ingenieros de la compañía no me dejó pasar. Como el ansia de grabar tu primer disco es grande, me esperé ahí. En eso llegó el Mariachi Vargas de Tecalitlán; iba a grabar con Jorge Valente, la nueva competencia de Javier Solís, junto con Álvaro Zermeño. Me preguntaron con quién iba. Les comenté que esperaba a Carrión. ‘¡Él ya está adentro desde hace horas’!, me dijeron, y me pidieron pasar con ellos cargando uno de los instrumentos. ¡Ni así me dejó entrar aquel señor! No soy vengativo, pero pasó el tiempo, como 20 años, y un día que grababa, siendo yo ya Vicente Fernández y se respetaba lo que dijera, entró aquel señor a la cabina y grité: ‘¡Corte! Que se salga ese viejo de la cachucha o no sigo grabando. ¡Pero ahorita!’. No necesité decirlo dos veces porque él agachó la cabeza y se salió mosqueado. Después le expliqué a Federico Méndez cómo me había humillado”.

La historia se repitió en Discos Orfeón donde, al menos, le permitieron cantar el tema Sacrificio. Un trompetista le comentó que participaría en la grabación de un disco y le sugirió hacer prueba ese mismo día. Lo escuchó Rómulo Morán, director artístico de la empresa, y le dijo que se dedicara a otra cosa porque su voz no servía para grabar. “¡Me dejó sin ánimos de nada! Años después, en una fiesta, conocí a Rogerio Azcárraga, dueño de Discos Orfeón. Cuando me lo presentaron me dijo: ‘¡Qué suerte tiene CBS! Muere Javier, entras tú ¡y das el trancazo!’. Por ahí andaba Rómulo Morán y le contesté: ‘Usted no quiso tenerme en su compañía porque el señor Morán me dijo que yo no servía para esto, que mejor me dedicara a vender cacahuates, ¿verdad, Rómulo?’. Rogerio Azcárraga se enojó porque ignoraba eso y puso como chancla al señor Morán”. Pese a ello, en Guadalajara, Vicente Fernández había grabado en 1964 un disco promocional de 45 rpm producido por Roberto Guinart, padre de América Guinart, quien años después se convertiría en esposa y madre de tres de los cinco hijos de Alejandro Fernández. Aunque existía un contrato, nunca salió al mercado aquella grabación que contenía los temas Mi último rezo y Gabino Barrera.

Thelma Tixou le dio suerte

Thelma Tixou le dio suerte a Vicente Fernández


El 19 de abril de 1966, la vida de El Charro de Huentitán cambió drásticamente con la sorpresiva muerte de Javier Solís, a causa de complicaciones de una operación en la vesícula. “Llegué de trabajar y me dormí con el radio encendido. Como a las cinco y media de la mañana, escuché la noticia. Lloré mucho. Nunca lo traté personalmente, pero lo vi actuar en un par de ocasiones en el Teatro Blanquita. Lo admiraba porque él también empezó su carrera en El amanecer tapatío, con Felipe Arriaga”. Dos días después, directivos de las compañías de discos que lo habían rechazado le llamaron para invitarlo a grabar. Gilberto Parra y Felipe Valdés Leal recorrieron toda La Perla Tapatía en busca del cabaret El sarape, donde Vicente Fernández empezó a tener contacto con un público que ya no solicitaba que le cantara en una mesa o en una serenata, sino que pagaba por ir a verlo en una de las tres funciones que ofrecía diariamente.

“Me llegaban telegramas de Musart, CBS, Orfeón… de todos lados. Incluso pensaba que me estaban vacilando. Para mí era difícil creer que se hubiera tenido que morir un ídolo como Javier Solís para que se me abrieran las puertas. Por aquel entonces acababa de nacer mi hijo Gerardo, y yo no tenía dinero para sacarlo a él y a mi mujer del sanatorio”.

De todas las opciones, eligió a CBS, no sin antes presentarles el contrato que desde 1964 tenía con Roberto Guinart. El documento fue hecho pedazos, que terminaron en un cesto de basura. A mediados de 1966 estampó su firma y grabó sus primeras canciones en un disco de 45 rpm: Cantina de mi barrio y Perdóname, de Armando Manzanero. En una segunda grabación incluyó Parece que fue ayer, de Armando Manzanero, y ¿Quién te preguntó?, de Rosendo Montiel, y en una tercera Tu camino y el mío, de Antonio Valdez Herrera, y Yo quiero ser, de Rosendo Montiel. Todas con arreglos de Rafael Carrión y Fernando Z. Maldonado. Esto derivó en su primer disco de larga duración: La voz que usted esperaba.

"Al principio, me comparaban con Pedro Infante y Jorge Negrete; para mí era un halago y lo sigue siendo. Cuando uno comienza, no tiene un estilo propio y tiende a imitar a alguien. Yo a veces cantaba como Juan Mendoza El Tariácuri, otrascomo Miguel Aceves Mejía, como David Záizar, Lucho Gatica, Francisco El Charro Avitia y Bienvenido Granda. Mi estilo cuajó en unos meses”. Cantar en las ferias estatales le redituó su primer contrato profesional. Fue para abrirle un show a Thelma Tixou, vedette argentina que en los 70 y 80 causó revuelo por su exuberancia.

“Algunos empresarios me vieron ahí y, a partir de entonces, se corrió la voz de que había un muchacho llamado Vicente Fernández que cantaba ranchero, y así empecé a trabajar”, platica el artista, quien eventualmente pudo también actuar en la XEX y así llegar a audiencias más grandes, lograr contratos para actuar en el Teatro Blanquita, en los programas de televisión más influyentes de la época, en el cine y popularizarse de una vez y para siempre como El Rey de la Música Ranchera, gracias a temas como El rey, Las llaves de mi alma, La muerte de un gallero, El hijo del pueblo y más.

Vicente Fernández grabó poco más de un centenar de discos, de los cuales se han vendido unas 60 millones de copias en todo el mundo. Es tal la cantidad de canciones interpretadas a lo largo de su carrera que él mismo asegura que, a ojo de buen cubero, podría nutrir en radio tres días de programación ininterrumpida sin repetir alguno de ellos.

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